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Por el desfiladero del Pedroso.

Hace una semana, disfrutando de unos días de descanso familiar, descubrí el desfiladero del arroyo Pedrosa, muy cerca del Puente del Arzobispo, en la provincia de Toledo. En aquel momento resultó imposible recrearse fotográficamente en la soledad y belleza de este paisaje, así que ayer decidí madrugar y acercarme. Me acompaña mi hija, que es quien hace muchas de las fotos que muestro. La experiencia fotográfica y paisajística es solitaria.

Llegamos a las 9:00 de la mañana. Tengo algunas ideas fotográficas que deseo realizar surgidas de mi primera visita al lugar y voy pendiente de la posición del sol y de la hora. Quiero llegar a la cascada del desfiladero temprano para fotografiarla a la sombra, pero por el camino van surgiendo lugareños charlatanes y preciosos árboles que me obligan a detener el paso y me demoran de llegar a la cascada. -“Por algo será, disfruta de lo que te sale al encuentro “-, me repito. Y así fue: Las fotos que hice son las que tengo mientras me empeñaba en llegar a una cascada que tendría menos agua que una semana antes. Habrá que volver en otoño o invierno.

La bajada al fondo del desfiladero es difícil, yo diría que peligrosa. Prudencia. Tras mas de dos horas fotografiando el cañón y la cascada del arroyo Pedroso, afluente del Tajo, decidimos volver a subir por donde bajamos para comer y reponer fuerzas. Prudencia también en la subida.

La mochila que llevo pesa 10kg. Porto mi cámara de gran formato Toyo 45A, 8 chasis para película en banco y negro de 9×12 (me gusta el formato europeo), un Schneider 90mm f/8 Super Angulon y un Schneider 135/235mm Symmar f/5.6, filtros, saco oscuro para cambiar los chasis, comida y agua. El peso es un condicionante de la marcha y lo he medido al gramo, pero no voy a hacer senderismo sino fotografía y no conozco mejor calidad que la del gran formato. De todas maneras está en el limite de lo que debo cargar.

Tras la comida y el descanso toca cambiar los chasis en el saco estanco a la luz. Es una de las cosas que menos me gustan del gran formato, pero me he acostumbrado. Es una fotografía reposada, la que se hizo hasta la llegada de formatos mas portátiles como las películas en rollo. No hay prisa.

La tarde pasa disfrutando del lugar y recorriendo el arroyo a ritmo fotográfico. La luz está alta y hasta que no baje un poco la naturaleza no se ilumina como me gusta. Por eso dedico mucho tiempo a decidir si hago la foto o no, antes de montar la cámara. Algunas veces hay que montarla para salir de dudas porque hasta que no miro a través de la cámara no veo la foto. Otras vuelvo a guardar la cámara sin hacer la foto, me equivoqué. Es un juego de cortejo entre el lugar y yo.

A la caída de la tarde, decido cambiar de lugar y conduzco hasta Mohedas de la Jara. Me queda hora y media de luz solar y quiero fotografiar unas encinas con la luz del atardecer iluminando los arboles desde abajo. Llego al lugar, planto la cámara y una nube preciosa me oculta los rayos del sol por un instante. Espero. Pasa media hora y la nube sigue en su lugar. El sol baja mas rápido al final del día y empiezo a perder la paciencia. Aprovecho para picar algo.  Tres cuartos de hora de nube. Pienso en hacer la foto sin esa luz especial, pienso en desistir, pienso que en cuanto quite la cámara saldrán los rayos solares, pienso que esto es como ir a pescar, esperar, esperar, esperar… Me estoy quedando sin luz. Desisto, recojo la cámara y mientras me alejo, los últimos rayos del sol alcanzan las encinas como yo quería. Me vine sin hacer la foto. La fotografía de paisaje y naturaleza es así. La belleza se demora en mostrarse.

Un día de muchas satisfacciones en el contacto con la naturaleza y que espero me depare muchas satisfacciones cuando revele las 25 placas que disparé.

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